Un nuevo estudio revela que estos ecosistemas, además de almacenar carbono, retienen contaminantes peligrosos, entre ellos metales pesados como el mercurio. El trabajo estima que su degradación y pérdida puede liberar cada año unas 26 toneladas de este metal a escala global, expone los riesgos asociados e identifica las regiones del mundo con mayor peligro.
La investigación, publicada en Earth-Science Reviews, la ha llevado a cabo un equipo internacional del que forman parte investigadores del Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC). Advierte de una dimensión todavía poco estudiada de las marismas, las praderas marinas -como las de Posidonia oceanica en el Mediterráneo- y los manglares -propios de zonas tropicales y subtropicales-: su capacidad de retener contaminantes persistentes durante siglos o incluso milenios. Se trata, en buena parte, de contaminantes heredados de la actividad humana, como metales pesados acumulados en los sedimentos costeros, que pueden volver al agua, con todas las implicaciones que ello supone, si estos ecosistemas se degradan, se erosionan, se remueven o desaparecen del todo.
El estudio estima que precisamente por su degradación y pérdida, estos ecosistemas liberan cada año alrededor de 26 toneladas de mercurio a escala mundial.
El trabajo, publicado bajo el título Risks of mercury release from disturbance of blue carbon ecosystems, revisa el conocimiento disponible sobre cómo los sedimentos costeros almacenan mercurio y otros metales pesados, y cómo estos contaminantes pueden movilizarse cuando los ecosistemas se ven alterados por actividades humanas o fenómenos climáticos extremos. Entre las perturbaciones analizadas figuran el dragado, la pesca de arrastre, la urbanización y transformación del litoral, los vertidos de petróleo, los temporales, las inundaciones, las sequías y las olas de calor marinas. Además, se pone de manifiesto que los ecosistemas de carbono azul actúan como filtros y trampas de la contaminación, acumulado 16 toneladas de mercurio anualmente en todo el mundo.
“Durante años hemos destacado el papel de estos ecosistemas como aliados frente al cambio climático, porque captan dióxido de carbono y lo almacenan, en forma de carbono, durante siglos o milenios. Este estudio da una razón más, que se suma a las muchas que ya teníamos, para conservarlos y restaurarlos: mantener inmovilizados contaminantes heredados, como el mercurio, que pueden entrar de nuevo en circulación si destruimos o alteramos los sedimentos”, señala el investigador Òscar Serrano, coautor del artículo y director del grupo GAME del CEAB-CSIC.
El mercurio es un contaminante de preocupación global. En determinadas condiciones ambientales, parte de él puede transformarse en metilmercurio, una forma aún más tóxica y biodisponible que se acumula en las redes tróficas afectando toda la vida marina y que, además, puede llegar a los seres humanos a través del consumo de pescado y marisco. El artículo subraya, no obstante, que no todo el mercurio liberado se transforma automáticamente en metilmercurio: este proceso depende de factores locales como las condiciones químicas del sedimento, la disponibilidad de materia orgánica y la actividad microbiana.
Para llegar a estas estimaciones, los autores analizaron estudios previos sobre sedimentos costeros sometidos a perturbaciones físicas, como dragados, erosión, temporales o actividades humanas que remueven el fondo. Según este análisis, estas perturbaciones pueden movilizar, de media, alrededor del 54% de los metales retenidos en los sedimentos, aunque la cifra varía mucho según el tipo de sedimento, la intensidad del impacto y las condiciones ambientales. En los ecosistemas de carbono azul, la pérdida de vegetación y la erosión pueden hacer que hábitats que normalmente actúan como sumideros de contaminantes pasen a convertirse en fuentes secundarias de contaminación.
El trabajo también identifica regiones del planeta donde el riesgo es especialmente alto por la coincidencia de grandes stocks de mercurio, presión humana intensa, exposición a eventos climáticos extremos y dependencia de recursos pesqueros. Entre las zonas prioritarias figuran Asia oriental, América Latina y el Caribe, África subsahariana y varias subregiones insulares del Pacífico.
Más allá de la cifra global, los autores destacan un mecanismo hasta ahora poco considerado: la amplificación por perturbaciones compuestas. Es decir, el efecto encadenado de varios impactos puede ser mayor que la suma de cada uno por separado. Por ejemplo, una sequía puede oxidar el sedimento y debilitar su capacidad de retener mercurio, de modo que una tormenta posterior puede liberar más contaminantes del que liberaría si el ecosistema estuviera intacto.
“El mensaje es claro: conservar estos ecosistemas no puede separarse de la acción contra el cambio climático ni de la reducción del resto de presiones humanas que los degradan. Cuando estas presiones actúan a la vez, sus efectos pueden amplificarse y provocar impactos mayores que los que tendría cada una por separado”, señala Òscar Serrano. “Y nos conviene proteger y restaurar manglares, marismas y praderas marinas, porque es una medida climática, una forma de reducir riesgos ambientales y, está claro, una medida clave para proteger la biodiversidad, el litoral, la pesca y, en definitiva, la supervivencia de muchas comunidades costeras”, añade.
El estudio propone integrar esta perspectiva en las políticas de gestión costera y en los marcos internacionales de control del mercurio, como el Convenio de Minamata.
