Un nuevo estudio científico revela una biodiversidad parasitaria hasta ahora desconocida en el contenido estomacal de peces antárticos, incluidos microorganismos asociados a enfermedades en peces, moluscos y crustáceos.
El frío extremo y el aislamiento geográfico han mantenido durante millones de años los ecosistemas marinos antárticos relativamente protegidos de la llegada y supervivencia de especies alóctonas y de muchos patógenos presentes en otros océanos. Sin embargo, el aumento de las actividades humanas y los efectos del cambio global están reduciendo gradualmente esta protección natural.
En este contexto, un estudio internacional liderado por el Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC) ha detectado una diversidad inesperada de parásitos en los estómagos de peces antárticos. Entre ellos se encuentran microorganismos marinos de los géneros Bonamia, Minchinia, Haplosporidium, Hematodinium, Gadixcellia o Ichthyophonus, grupos con una amplia distribución geográfica que incluyen especies responsables de importantes enfermedades en peces, crustáceos o moluscos de relevancia ecológica y comercial. El hallazgo revela que estos microorganismos forman parte de la biodiversidad presente en las redes tróficas antárticas y refuerza la necesidad de comprender su impacto en estos ecosistemas sometidos al cambio global.
La investigación, publicada a la revista Environmental DNA, ha identificado 242 señales moleculares de parásitos a partir del análisis del contenido estomacal de dos especies de peces antárticos. Amplía de forma significativa el conocimiento sobre la biodiversidad parasitaria marina del continente blanco, especialmente en lo que respecta a los protistas/eucariotas microscópicos, un grupo poco estudiado hasta ahora en estas aguas.
Los resultados también muestran que los parásitos no se distribuyen de forma aleatoria: muchos de ellos aparecen asociados a organismos concretos de la dieta de los peces. Dado que el contenido del estómago contiene simultáneamente ADN del parásito y de las presas ingeridas, el equipo ha podido cruzar la abundancia de cada parásito con la de sus posibles hospedadores, en particular moluscos y crustáceos que forman parte de la dieta, para detectar asociaciones consistentes en las muestras analizadas. Este análisis ha permitido proponer asociaciones potenciales concretas entre los parásitos detectados y especies de hospedadores, hasta ahora no descritas en la Antártida.
«Lo más sorprendente es la elevada y recurrente señal molecular de estos parásitos asociados a moluscos y crustáceos en muchos de los peces capturados a distintas profundidades y en ambas especies. Esto nos indica que estos parásitos están integrados en la red trófica del ecosistema marino antártico«, explica Elisabet Alacid, investigadora del CEAB-CSIC, que ha liderado la investigación.
Los investigadores explican que la detección de ADN de estos microorganismos no implica necesariamente que estén causando enfermedades, aunque sí apunta a posibles riesgos. También subrayan que esta investigación amplía de manera significativa el conocimiento sobre una biodiversidad que permanecía invisible.
El ADN ambiental, una herramienta para detectar la biodiversidad oculta
El descubrimiento ha sido posible gracias a las técnicas de metabarcoding de ADN, que permiten identificar cientos de organismos a partir de los restos microscópicos de ADN presentes en una única muestra. Dado que las dos especies de peces analizadas tienen una dieta muy amplia y bentopelágica (se alimentan tanto de organismos que viven en el fondo marino como de otros que se desplazan por la columna de agua), el contenido de su estómago refleja tanto su propia exposición a parásitos como la de los organismos que consumen. En este caso, los investigadores han utilizado los peces como «muestreadores naturales» de la diversidad local del ecosistema: analizando el contenido de sus estómagos no solo han identificado los parásitos presentes en la red trófica de su entorno, sino también sus posibles hospedadores entre los organismos que ingieren.
Este enfoque permite detectar organismos microscópicos o muy difíciles de observar mediante las técnicas tradicionales y ofrece una imagen mucho más completa de la biodiversidad marina. Además, establece una línea de base que facilitará identificar futuros cambios provocados por el cambio global o por la introducción de nuevas especies.
Un ecosistema en transformación
La Antártida sigue siendo uno de los territorios más remotos del planeta, pero los efectos del cambio global ya son visibles. El aumento del tráfico marítimo, las campañas científicas, el turismo y otras actividades humanas incrementan las oportunidades de que organismos foráneos lleguen y se establezcan en el continente. Paralelamente, el calentamiento acelerado de la península Antártica está reduciendo algunas de las barreras ambientales que hasta ahora dificultaban la supervivencia de muchas especies.
Los autores del estudio recuerdan que estos procesos pueden facilitar tanto la llegada de nuevos organismos como la de sus parásitos. Por ello, es fundamental disponer de herramientas capaces de detectar estos cambios de manera temprana y gestionarlos antes de que tengan consecuencias sobre la vida marina.
El ADN ambiental, una herramienta para detectar la biodiversidad oculta